viernes, 30 de octubre de 2015

Tintorera

                                      

                        Poeta sublingual 
                        yacente por allí
       en la diatriba de la medianoche más densa
                 no hay retórica _ hay verbo








Subvierten la brizna virginal
ese arroyo de papilas
que con el doquier florece en las latitudes
de la viva metáfora de tu vientre.
Desnudada tú
ya tu pubis de mineral comestible
ornada el himen la azúcar de tu sexo
védica de sal
es el crujir
es el quejido
es el pezón
el armazón mutilado de tu cuerpo
aglutina la cicatriz de sus puntos tiernos
sediento ungüentario de la boca clausurada/en su mordaza
se derrite  el sudario de yerma placenta
y súbita en el trajín
hirven tus piernas como torneadas por el acero
ellas que desfloran en leche húmeda
el calicanto del templo.
Huipil sacramental luce tu cintura feraz
tejida en la ventana del convento
abrevia la castidad de  la  greda
fuente discreta de inocencias
la inocua sustancia 
promiscua de promesas.
Aquel nudo de trenzas
aun sin los estribos habrá de desmadrar
a borbotones
la escuadra 
la aquiescencia
la urbanidad de los hijos de la piedra.





martes, 13 de octubre de 2015

Autorretrato

                             

                                   León Felipe



                ¡Qué lástima!

¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas de hoy cantan!


¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
sé que la historia es la misma , la misma siempre,que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza a otra raza,
como pasan 
esas tormentas de estío desde ésta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mal infancia en Salamanca,
y mi juventud , una juventud sombría, en la montaña.
Después...ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!,
una casa solariega y blasonada,
una casa en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
y el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho,y la otra mano en el puño de la espada!
y,¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque....¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
!Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!
Sin embargo....
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo , prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también.
Y todo mi ajuar se halla
en una sala muy amplia
y muy blanca
que está  en la parte más baja
la más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca...
una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente al través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias,
de pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa...
Ella, entonces, me llama ¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.
Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca...
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana.....
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre al cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por este cristal de mi ventana...
¡Y la muerte también pasa!
¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa...
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!


viernes, 9 de octubre de 2015

Estampita milagrosa

                     
        
Esta noche beberé la ebriedad del viejo odre...




                  Monótono aljibe de agua
bebes los hectolitros de la compasión salobre  
                 el añil de las copas del adobe
              te adoré y te amé en la vendimia
                te besé con la boca rota
               besé la mies de tu piel de uva
            gracia frugal de onírica abstracción
             junto al cauce el río rojizo
          cerquita del pajonal de hilo pajizo
                      adónde más!!!
                        doy fe
             plañían dichosas las margaritas
           y yo zurcía mi pesar de añejo roble
           magnolia fina tus pechos de mujer
     coraza de guitarra que entona coplas de almendra
       como de fresca cisterna y seda del naranjal

               

jueves, 8 de octubre de 2015

La sangre del poeta

    
                




Son éstas las veredas de la histeria,
y el nervio supura las pesadumbres sobrehumanas,
transitadas por  multitudes,
en multiplicidad de urbes,
multicolores vereditas de la incontinencia.
Miro ausente el muñón de tu rastro,
inmenso en el fragor de mis huellas.
Las veredas tienen pocas sonrisas,
con presagios insolubles,
caminan con los talones gastados,
pertenecen al común de los mortales,
cuando la sustancia inmutable haya aglutinado a la razón subjetiva,
rectas en el penúltimo peldaño de la línea,
tronchada a las zancadas,
cautivas de pisadas y de prisas,
concéntricas de narices egotistas,
las veredas pueden ser anchas,
amplias y generosas,
como la dádiva divina,
o estrechas esas de enfrentar cara a cara al victimario con su víctima,
jocosas se fuman las tristezas,
se asoman en gesto desolado para quién tenga la osadía de recorrerlas,
paisaje de rascacielos rascando el coto del señor,
atemperadas en la medianoche,
preconizan el corazón configurado de añicos,
y una caterva de argumentos,
el beso de esa estudiantina en la banquina,
ella en punta de pies humedece sus labios jadeantes,
esta sombra que soy agiganta su luz difusa,
compite con otras por el carril a la candente luna roja,
obituarias veredas conservan en la genética a las generaciones idas,
ahuecan la atemporalidad en la vertiente efímera del hombre,
necias mueren de impaciencia junto a los árboles que mueren de pie,
escucho el sonido de las charreteras en la naturaleza,
caos en la desérticas veredas de la gloria,
ceden el lugar de sus dignidades de boca en la calle de las bruces,
creo haber caminado una vereda y alguna que otra veredita,
un mendigo arropa el sueño en la gran  vereda de la ciudad de buenos aires,
autónoma marquesina de los desharrapados,
con miedo con pánico del escenario,
está la veredita rondando el camposanto,
guarida de sus huesos,
ya me hube perdido por laberintos de pasión,
codiciando el untuoso dispendio  de las ciénagas,
las veredas exhiben el vitral de gravosas miserias,
es la soledad de uno diluyéndose con la de todos,
parece menos soledad,
arrimando el amparo para curar el desamparo,
confundirte con otras no podría,
pues tú eres solita entre las muchedumbres,
existen veredas inmateriales,
es la incorporeidad un oasis donde retoza una idealizada divinidad,desvalida de sacramentos,
opciones del libre arbitrio yo pienso,
infinitas y tropicales,
anodinas veredas de esto que llamamos vida,
patrocinan el rencor de los postes de luz,
inquina siempre patente ,
truene cante o llueve,
asolándose al mediodía,
la calle rivaliza con la vereda por el territorio vitalicio,
antecedente que no omite nefastos pareceres.


viernes, 2 de octubre de 2015

Libro de quejas....


             Tu sonrisa que llega me entibia al tacto,
          cuando ella se va hay un invierno de a ratos..




Veinte años imprecisos sin luna en el espejo,
en el inventario hecho de páginas amarillas,
de diseño invertebrado,
inventaste un más allá agrisado,
clandestino y prefabricado en lontananzas de tela de avión,
con el más acá del triciclo lunar,
al plenilunio de octubre,
quizá plenipotenciario,
sino adónde vas a ir a bendecir el escapulario de bronce pálido,
a qué roperito o almario de rodaje,
esconderás el alma de la almita de tu tieso retrato.