El proyectil anacrónico del mal
al través de la esfera en esquirla del horror
cae aprisa,
dispara y esquilmando el calcio,
a su paso de continuo exterminando la cal y el canto,
averiando de ocasos al hueso calcinado
y succionando de raíz
va desgarrando,
y a la carne magra martirizando.
La del hombre campesino,
la de aquella mujer que ama,
hasta la yema cocida del niño en la tierna infancia.
Desde lejos puede oírse
el estallido sórdido del tímpano templado,
es porque hay una madre llorando
e ínsita está de descostrar la costra
de su hijito sin branquias y sin brazos.
Ella colectiva una imprecación
de insípido y agridulce
al errante del tabernáculo,
es un asesino seriado,
a él escoria,
que rancio detona de tonos la pólvora,
cuán martillo que atraviesa y avieso
la amputada mano del inocente.
Y tú te quemas de entrecasa
como yo en el espanto de la bronca,
y nosotros y los sordos y los mudos y los sin ojos
y los sin habla
ante la furia de las cámaras,
es ése el ojo biónico que sí habla,
con la ira del histrión
mostrando irá tal espectáculo mostrenco,
de la hecatombe hasta la ciudad santificada,
y en el rosario sagrado de aquel templo del moriente,
y desde su prefabricado estamento,
él desteje un mandamiento agrio,
un machihembrado sobre el odio
y de odios
que son odios de antesalas
y de pasados.
al través de la esfera en esquirla del horror
cae aprisa,
dispara y esquilmando el calcio,
a su paso de continuo exterminando la cal y el canto,
averiando de ocasos al hueso calcinado
y succionando de raíz
va desgarrando,
y a la carne magra martirizando.
La del hombre campesino,
la de aquella mujer que ama,
hasta la yema cocida del niño en la tierna infancia.
Desde lejos puede oírse
el estallido sórdido del tímpano templado,
es porque hay una madre llorando
e ínsita está de descostrar la costra
de su hijito sin branquias y sin brazos.
Ella colectiva una imprecación
de insípido y agridulce
al errante del tabernáculo,
es un asesino seriado,
a él escoria,
que rancio detona de tonos la pólvora,
cuán martillo que atraviesa y avieso
la amputada mano del inocente.
Y tú te quemas de entrecasa
como yo en el espanto de la bronca,
y nosotros y los sordos y los mudos y los sin ojos
y los sin habla
ante la furia de las cámaras,
es ése el ojo biónico que sí habla,
con la ira del histrión
mostrando irá tal espectáculo mostrenco,
de la hecatombe hasta la ciudad santificada,
y en el rosario sagrado de aquel templo del moriente,
y desde su prefabricado estamento,
él desteje un mandamiento agrio,
un machihembrado sobre el odio
y de odios
que son odios de antesalas
y de pasados.
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