¡ Qué viva la revolución proletaria!
Deviene rendida la tarde de melancolía,
en su acerbo el crepúsculo, riela pituco el cielo de yerba buena,
desaloja la oquedad a la montaña.
Unas nubes jalonan las tenazas que apretujan
el imponente cerro tucumano.
Cubre de verde la vegetación majestuosa la revolución que no fue.
Escalonado aquel sendero conduce a lo más alto.
Senderito abreviado a machetazos.
Harto difícil, el camino llano estará escarpado,
relumbra ahí un cristo bendicente y redentor,
en la cumbre, él bálsamo,
alivio esperando al hambriento.
Desde lejos se oye un murmullo, un ruido,
es el sonido del remanso del río muerto de estaño.
Fenecido.
Viene el agua bajando,
serpentea las piedras de la codicia sinuosa
que lo evapora,
la extracción árida lo malogra.
Ventisca de aire puro surca el páramo.
Cruce de rutas como crucifijos olvidados.
Y el gorjeo armonioso de algún pajarillo agorero,
gorriones desbandados en bandadas,
están los sauces llorando,
helechos y lapachos.
Lentamente y lamentándose la luz al día lo abandona,
se va volando por las ramas de esos árboles.
La noche encamina sus inquietudes,
es ahora cuando domina el señorío de las tinieblas,
carcome la incertidumbre.
Absorbe.
Allá en la falda del cerro convive con quietud,
conpungido un campo santo.
Adentro tiene callecitas limpias, rectas y pimpollos en arcoiris de mil colores.
Acacias y claveles descoloran podridas sobre las tumbas, a los difuntos les llevan los fieles.
Pudiera ser que ellas murieran después de haber vivido.
Se marchitan las enredaderas.
Deudos si otra cosa no deben.
Muy rutilantes y rojas campean las rosas.
También un día cualquiera se secan al sol.
Quiebra la modorra el canto del gallo,
juglar entre tantos animales.
En las serranías un rancho,
de rostro amable y ajado una mujer ,
grande de apostura,
ofreciendo alverjillas sin zapatos a los caminantes.
Lucen fatigadas de solemnidades.
Pareciera como si antes hubieran tenido atadas un lazo,
a ella le niegan el pan y la sílaba.
Pestilencias del fuero externo.
En el escenario de la vida doméstica, el hogar común.
Un caschi lanudo torea concienzudamente.
Para el quehacer hogareño la escoba de asfata
y el horno que el barro ha moldeado,
encatrado en el parral del ábaco.
Al perro fiel lo dejaron tirado en la vereda,
en cuchitril de caucho para minimizar la intemperie desalmada.
En la porqueriza pululante unos cuantos chanchos sorben las porquerías del amo.
Patio limpio de tierra desvencijada,
en el trasfondo hallase un excusado de aves.
No me compra un ramito para el muertito,
yo repaso superando esa construcción precaria y, negativa del lenguaje,
típica al comienzo de una frase,
folklore del norte en el inicio de la oración,
no
unidad lingüística
no adversativo,
cosa de la gramática dominante,
por la sintaxis
señal inequívoca de la opresión de este pueblo,
inexorable, no
condicionado e histórico, si.
Sí,
es mi apología de ti,
siempre,
por ello te pienso esperanza
atosigo el hueso de la indiferencia rastrera
con mi esperpento o lo que sobreviva de mí
por sobre la tierra o en el núcleo de la selva
allí donde tú te halles estaré
seré tu sombra si quieres.
No, es cerrar las puertas de tiernas compasiones.
Si, es tiempo de posibilidades,
que sólo desean un comienzo.
Quisiera como quien escudriña la luna,
explorar el mar de la tranquilidad,
entrelazar nuestras manos hermanas
por aquella la luna de queso níveo.
Expandir la esperanza,
porque afuera latiendo está el pluriverso de música,
y palabras dinámicas.
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