Húmeda está la calle, una tenue llovizna de lamentaciones la besa todavía.Aquél ser maltratado y sin solemnidad, otrora bajo la potestad de algún animal cruel, y hoy manumitido, con esa mirada que azuza al más pasional de los mortales la cruza de lado a lado.
En la vereda de enfrente una pareja de tortolitos pichonea frugal la juventud.
Aquella flor mece sus pétalos alegremente, se contornea remolona y frágil, además luce de bruces su altivez deslumbrante, el hombre se acerca y la mira , taxativamente.
Son las cosas que se ven, eso es todo.
Él ha flagelado su cuerpo, se dio de latigazos el muy escolástico, pero luego habrá de entregarse al onanismo despiadado, y también sórdido.
Ella lo mira y sus ojos se espantan de amor, su tácita vagina es una plañidera de vapores que el pudor castrativo y patriarcal manosea, y condena a la virginidad perenne. Vestal y brutal.
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